En Éxodo 19, 20 y Deuteronomio 5 se relata cuando Dios hizo lectura de la Ley a los Israelitas, en el Sinaí. Esta instancia fue muy especial para el pueblo. Los israelitas debieron prepararse tres días antes, lavando sus vestidos y evitando “unirse a sus esposas” (Ex. 19:15). Lo más probable es que en esos días hayan reflexionado sobre su situación: recordando cómo habían sido sacados de Egipto; sobre las maravillas que Dios hacía con ellos para mantenerlos vivos en el desierto, donde llevaban ya durante tres meses y sobre la promesa de ingresar pronto a la “tierra prometida”. El pueblo debía estar preparado físicamente (debía estar limpio), tanto como espiritualmente dispuesto.
El día que Dios debía hablar desde el monte Sinaí se inició con truenos y relámpagos; mientras una nube se extendió sobre el monte, empezaron a sonar las trompetas y bocinas. Todo esto debe haber generado y una atmósfera de temor y reverencia. El pueblo estaba atento, pues pronto escucharían a Dios. Moisés y Aarón subieron al monte, pero ni los sacerdotes ni el pueblo tenían permitido acercarse; se había indicado un límite que no podrían traspasar, con riesgo de morir. Entonces Dios habló a los israelitas: comunicó las “Diez palabras” (conocidas también como los “Diez mandamientos”), que habían sido escritas en tablas de piedra.
Pero un profundo temor sobrecogió a los israelitas: tienen miedo de morir. El monte está en llamas. La voz de Dios es fortísima. Entonces suplican a Moisés que sea él quien siga hablando con el pueblo, no Dios: Tres días se había preparado el pueblo para este momento ¿no había sido suficiente para presentarse ante Dios? Habían experimentado una liberación milagrosa, y estaban siendo sustentados en el desierto ¿Acaso haber sido protagonistas y testigos de estos milagros divinos no les dieron seguridad? ¿Qué hacía de Moisés digno, según los israelitas, para oír la voz de Dios sin riesgo de morir?
Unos meses antes, el Señor se había presentado a Moisés desde una zarza ardiendo (Éxodo 3). En esa ocasión, Moisés no tuvo tres días de preparación; fue una aparición inesperada. La única medida de limpieza, fue que debía quitarse las sandalias que llevaba; los israelitas debieron lavar toda su ropa y abstenerse de tener relaciones sexuales por tres días. Pareciera que Moisés tuvo menos preparación.
La experiencia que Moisés había tenido con Dios, hasta ese momento, también era distinta: no había visto milagros u obras sobrenaturales. De hecho, había vivido sus últimos 40 alejado de Egipto, con la nostalgia de haber pensado que debía ser el libertador de su pueblo; con la decepción de no haber podido cumplir con ese propósito y con la culpa de haber sido un
asesino.